Manuel Angel LópezSoy un competeño que admira el misterio que esconde y a la vez muestra la naturaleza, en este caso, la de Cómpeta. En cualquier estación del año, a cualquier hora, es un espectáculo lleno de misterio y sencillez que nos habla de Dios. La sierra, con su profundidad y sus historias mágicas me atrajo desde que era un niño.

Ese niño había oído de los mayores que, hace muchos años, los habitantes de las tierras que ahora pisaban ellos, tuvieron un día que refugiarse en El Fuerte para así defenderse del ejército de los reyes de Castilla, quienes dominaban por entonces casi todas la tierras.

Nunca había entendido las razones que los mayores tenían para pelear; ni por qué unas veces eran unos los "buenos" y otras, esos mismos, los "malos". Pero eso no importaba. La historia de la defensa heroica del Peñón del Fuerte... la toma heroica del Peñón del Fuerte...

El héroe es lo de menos, pensaba, mientras fijos sus ojos en El Fuerte se imaginaba mil historias distintas. Desde la casa de campo de sus padres, la majestuosidad del monte imponía, siempre flanqueado a sus espaldas por el Cisne y otros montes que no recuerda su nombre, salvo el de Cerro Lucero, estirado y señor de la sierra, como desafiando al resto.<br /><br />En las largas noche de verano en las que la luna salía a visitar las tierras y las vestía con sus blancas enaguas de plata, al Este, por entre los montes de la sierra, los duendes de todos los tiempos se veían saltar de loma en loma y sus historias de amor y guerras se oían bajar de la sierra mezcladas con el aroma a romero y a pino. Era un espectáculo único.

A los ojos y oídos de un niño, el misterio y la magia que envolvía la noche hacía llevadera la dura vida de la vendimia, y cada día, sobre todo los de luna llena, ansiaba la llegada de la tarde y mirar en el espejo de la noche estrellada el paso de la historia y hacerla asequible a su imaginación, mientras de reojo observaba por la sierra los protagonista de la historia subir y bajar los montes, reir con las estrellas, llorar con los arroyos, soñar con los niños...

¡Dios, qué noches mas maravillosas!

Y cada noche la sierra gritaba su llamada misteriosa que inundaba cañadas, montes y collados hasta llegar a los oídos del niño. Llamada de amor eterno, de fidelidad, con la promesa de fundirse en uno con él. Llamada que hoy sigue resonando en los angostos arroyos que surcan la Almijara competeña y que, despacio, quisiera mostrarte. Porque la sierra, la sierra es como la noche: inmensa y misteriosa; y como el día: acogedora y llena de vida; y como las tardes de primavera: cálida y exuberante; y como una mozuela: esbelta y guapa; y...

Y aún hoy, en los días claros de primavera, hacia el atardecer, parece oirse el murmullo de millones de gusanos produciendo seda, la más fina del oriente de Al Andalus; y en el horizonte de la sierra se dibuja, difusa, la silueta de mil distintos personajes de otras tantas civilizaciones, cruzando estos lares, intentando llevarse el embrujo de ésta tierra para su venta en otras regiones del universo, tierra regada con el sudor de sus gentes en mil generaciones...

Pero el embrujo se queda flotando en el aire del "valle" de Bentomiz, junto a la voz de Martin Alwuacil que grita a cada generación: "... que no se diga que los hombres de Bentomiz no supieron morir por su tierra!, ¡No lo quiera Dios... "

Y cada generación, fiel a estas voces, se deja la vida, jornada tras jornada, junto a las cepas, a pesar de la filoxera, y los exportadores, y California...

Atrás quedó también la milenaria encrucijada. Los caminos desaparecieron con la revolución industrial... Pero Cómpeta quedó como sujeta del cielo, al pie de la sierra, esperando una nueva encrucijada, la de cientos de vidas de extranjeros cruzándose con las vidas de sus gentes; esperando un nuevo resurgir para su tierra, generosa y espléndida, ansiando dar vida y recibirla, como sucediera antaño... ¡hace tantos años!

Por cierto, mi nombre es Manuel Ángel López, ¡nos veremos cualquier día en alguna de las rutas!